Papállerango

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Papállerango

La figura femenina descrita por Carlos Fuentes (2016) en su texto El espejo enterrado son símbolos representativos de la cultura e identidad nacional, esa mexicanidad está reflejada en las tradiciones la cuales son costumbres que no tienen resistencia, algunas renacen y otras nacen para complementar las existentes. Así hemos palpado la evolución natural de las viejas costumbres charras, la cual forman una cultura llena de simbolismos propios del mestizaje nacional. Por lo tanto, podemos ver manifestada en la Escaramuza ese cúmulo de mexicanidad que hace posible la visibilidad de la identidad de la mujer mexicana, que, si bien no es el único atuendo o expresión, si es el que más aceptamos, ya que en ella confluyen tres cosas –lo popular, lo mexicano y lo nacional–. 

Aunque hemos descrito sólo una ración pequeña de la imagen y costumbre de las amazonas charras, éste escrito trata del promotor oculto de la mujer dentro de la charrería, de aquellos que impulsaron a pesar de la resistencia del varón la montura a mujeriegas para que ellas por sí solas pudieran crear un arte ecuestre lleno de peligro y belleza. Nos referimos explícitamente a los Padres y Abuelos de las Charras que han adoptado un papel de caballerangos comprometidos con el arte ecuestre femenil. El apoyo al que nos referimos no tiene que ver por lo derogado económicamente (lo cual no es nada desdeñable), sino por el tiempo, disciplina y dedicación que se imponen al mismo grado que cada dama sacrifica para la realización de este deporte convertido en arte. 


El caballerango es un mozo estrictamente dicho, la persona que se encarga de montura, bienestar del equino y del perfecto rendimiento del animal para la faena artística. Un caballo escaramucero muestra una buena escuela, una educación quizá de años, por ello la importancia de este trabajo también recae en los progenitores de las adelitas y que muy probablemente sean ellos mismos Charros. Aunque hoy en día este deporte artístico conlleva muchos sacrificios es patente la satisfacción de padres ver a sus hijas dentro del ruedo elaborando las intrincadas rutinas. 

En esta modernidad acechada por la tecnología no podemos pasar por alto el compromiso de estos padres y abuelos sea de vital importancia para la cultura misma, imagine usted lector que a una jovencita del siglo XXI le pongan un vestido decimonónico le retiran sus gadgets y haga usos y costumbres propios de una época ajena a la suya, pues sería increíble poderlo ver, sin embargo, sucede con la charrería femenil, en la cual contribuyen muchos progenitores para su realización.

También hay que recalcar que La Escaramuza tiene en sentido estricto un mayor peso en la custodia y preservación de nuestra identidad, ya que hasta los mínimos detalles son calificados exhaustivamente por las señoras juezas, las cuales en cierto momento llegan a ser muy rectas y observadoras y esto pone en vilo a cualquier papá, por ello es uno de los momentos de mayor protocolo y al cual hay que ser en extremo cuidadoso. La historia de las Escaramuzas es joven, simbólica y visionaria, ya que desde los años 40’s ha transformado el enfoque del charro hacia la práctica de un deporte de connotada identidad nacional e índole puramente femenil.


Este lugar que hoy ocupa la mujer de a caballo dentro del arte ecuestre mexicano es indisoluble a la identidad propia de la charrería, lugar que se consolidó desde los brazos de Venus, esto quiere decir que, aunque con resistencias al principio (y una que otra actual) se ganó por derecho propio el corazón de todos y el honor de la mujer de galopar por lienzo y ruedo. Y esto no es una casualidad, ya que al nacer dentro del seno de las familias charras, las mujeres optaron como en otras latitudes la práctica ecuestre como una de sus habilidades físicas y mentales, aunque esto significase que emulaban los trajines propios de la ganadería, no es de extrañarse que para un ganadero o ranchero sus hijas fueran educadas también para los quehaceres del campo y terminar poco después sucumbidos por la ternura femenina para convertirse en escaramucera, y por ternura no hacemos referencia a debilidad, sino a la gracia y habilidad que conlleva la montura de la albarda.

Aún así, los recios charros no terminaron por conceder el ruedo a las amazonas para la práctica de las suertes deportivas sin importar el peligro, hoy por hoy las mujeres modernas han tenido batallar por un lugar, el cual no es cedido más bien conquistado por la gallardía, la disciplina y el porte posiblemente paradójico, ya que por fuera las mujeres son símbolo de hermosa flor, pero por dentro tienen gran fortaleza, y lo pueden demostrar por el diestro manejo de sus monturas a mujeriegas.


No es de extrañarse que en cada uno de los equipos de Escaramuzas estén presentes los Papállerangos, estos padres de charras que compiten con alto rendimiento al igual que sus homónimos varones, un caballerango padre de una dama escaramucera vigila cuidadosamente que la montura, bestia y arreos cumplan con las reglas del juego. Un Papállerango está para decir “esa es mi hija” en el más alto sentido de orgullo y admiración hacia la fortaleza en la práctica ecuestre, porque ser Escaramuza no es fácil, conlleva muchos actos antes, durante y después de cada competencia. El compromiso del Papállerango se ha vuelto una tradición vital, porque además de ser el mozo de la cabalgadura también son los principales promotores de cada una de sus hijas, por lo tanto, vemos a destacados profesionistas como médicos, abogados, ingenieros, contadores, etc., encargarse de lo que hoy podemos decir la conjugación de Tradición y Modernidad.

Pero aunado a lo anterior podemos también celebrar que lo hacen en igualdad de condiciones dando el mismo valor a la mujer y al varón, cada Papállerango siente el orgullo de observar a sus hijas prolongar la misma tradición que sus ancestros. La charrería ya no se pierde si el primogénito es una niña, por el contrario, se nutre la tradición y la esencia de la charrería. Hoy cada Papállerango que vemos en las faenas de mozo, lo hace satisfactoriamente con orgullo y al mismo tiempo se puede palpar la vibra de la escaramucera al estar escoltada por su mismísimo Padre. Son un complemento perfecto para proyectar la identidad del mexicano, porque la charrería es un deporte de y para la familia.

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